|
|
|
Hacía
dos semanas desde la pelea y Yuki sentía mucha tranquilidad y descanso al no
tener al escandaloso de Shuichi merodeando por ahí. Respecto a las cosas de
Shuichi, las había dejado en la puerta del edificio y por la noche no las había
vuelto a ver, lo que significaba dos cosas: Shuichi las había recogido o los
ladrones se habían adelantado.
El
departamento se veía extrañamente vacío, no le faltaba nada de lo que pudiera
prescindir pero aún sentía que los objetos que tenía no alcanzaban a llenar
la habitación. Lo atribuyó a que no estaban los estantes llenos de videos de
Nittle Grasper ni a la ropa fosforescente y brillosa de Shuichi regada por todas
las habitaciones. Pero de lo que se sentía feliz era que por fin podía
dedicarse a lo que más le gusta hacer: Escribir.
-Así
que quieres hablar conmigo- dijo Koyumi en un tono despectivo, mientras Mael
pensaba que se veía más deseable cuando se enojaba
-Sabes
perfectamente de qué quiero hablarte-
-¿Y
sólo para eso? si quieres que me quede aquí, tendrás que darme una gran
sorpresa, sino me enojaré contigo-
Koyumi
sabía perfectamente que la amenaza, aunque sonara tonta, significaba mucho para
Mael, así que esperó pacientemente una respuesta mientras observaba como la
cara de Mael cambiaba de la alegría a la desesperación.
-Sabes
que haré lo que sea por ti-
-Supongo
que ya no tiene caso que siga perdiendo el tiempo aquí, me está esperando
alguien en la puerta, así que adiós-
A
Mael solo le cruzó una pregunta por su mente ¿Por qué tenía que estar con
ella? Se había convertido en su obsesión y también en su martirio. Tendría
que buscarla en los peores bares de la ciudad para solo sentir que ella lo
necesitaba de alguna manera, aunque en el fondo se daba cuenta que no era
cierto. Koyumi era su opio.
Mael
se quedó observando a Koyumi mientras salía del restaurante y entraba a una
lujosa limosina abrazada de un tipo con gabardina. Los celos mancharon su cara
de rojo y aunque quizo ocultarlo, no pudo evitar que ella lo notara y esbozara
una sonrisa de burla mientras subía sin remordimientos a su transporte.
Por
no quedar mal ante las personas que parecían observarlo escrutadoramente, tuvo
que cenar solo y, dentro de las cosas que más le disgustaban, se encontraba
precisamente esta. Pero lo que más le enervaba era que sabía muy bien que ese
había sido el propósito de Koyumi: Dejarlo
como un idiota en toda la amplitud de la palabra. Su paciencia se agotaba y su
mente empezaba a divagar cuestionándolo en por qué no se fijaba en alguien
mas. El era alto, un pelo rubio despeinado que según varias, les parecía
maravilloso. Sus ojos, con expresión gatuna, eran color miel, que con una
simple mirada podían expresar todo lo que pensaba en ese momento. Tenía una
nariz fina y una boca que podía parecer muy mezquina, o extremadamente
generosa, pero siempre sensual. Eso le daba la apariencia de un ángel caído,
apodo que le había puesto su adorada Koyumi. A pesar de eso, el se sentía como
un ciego, no podía ver a nadie mas que a ella, de hecho, aunque los demás lo
veían como una persona seria, difícil de doblegar y sobre todo centrada y muy
madura, pareciera que él era todo
lo contrario al estar con su amada, le era muy difícil controlar sus impulsos y
emociones que parecieran hacer una
explosión al ver su imagen.
No
sabía cuanto duraría aquel amargo martirio, pero tenía que terminar. En ese
momento, su celular sonó y escuchó la voz de Koyumi, y entre incoherencias y
malas palabras le dijo:
-“Nece..s..necesit…necesito
que vengas por ti, no, por mí, humm,ya s..sabes donde toy-
Eso
era más de lo que Mael podía soportar.
Al
llegar al bar –clandestino, de hecho- solo pensaba en sacar de ahí a Koyumi y
regresar a su casa, pero le resultó un poco difícil encontrarla, se parecía a
las del resto: puras prostitutas en el estado mas deplorable que su oficio les
puede ofrecer. Koyumi se encontraba hablando (intentando, mas bien) con el tipo
sujeto misterioso que se la había llevado del restaurante. Mael se acercó
cuidadosamente y escuchó su conversación:
-Yo
te puedo comprar todo lo que quieras, solo si trabajas para mí, te deseo, no
puedo dejar de pensar en lo que hicimos en mi departamento-
-¿Qué?
¿Qué hicimos? ¿De qué quieres que trabaje?-
-jajaja,
así me gustan. Tontas y obedientes-
Mael
no pudo soportar que ese tipo la hubiera llamado de esa manera. Reaccionó
jalando a Koyumi del brazo, pero el sujeto no se lo permitió y Mael, tomando
fuerzas, le dio un golpe justo a un lado de la cara dejándolo tirado y
semiconsciente sangrando por la boca. En ese momento, Koyumi ya había perdido
el sentido y se encontraba roncando plácidamente en la barra, desparramada como
una lechuga. Cuando vio a Koyumi en ese estado, prometió nunca volver a
ayudarla, no se merecía nada de él, le era repugnante. Por primera vez durante
tanto tiempo se había dado cuenta que la clase de persona de quien estaba
enamorado, había abierto los ojos y nunca la perdonaría.
Días
después, el no volvió a saber nada de Koyumi, hasta que ella tocó a la puerta
de su departamento implorándole su perdón, pero la respuesta ya la había
meditado durante todo este tiempo:
-Has
tomado de mi lo que has querido, me has hecho sufrir desesperadamente, me has
moldeado a tu gusto, pero ahora es tiempo que no separemos, que cada uno tome su
propio camino, nos dañamos mutuamente y lamentablemente no me di cuenta de lo
que pasaba hasta que tu veneno me inundó completamente. Que tengas suerte y adiós.
Este libro lo dedicó a Shindo Shuichi, con quien viví gran parte de mi vida
y le agradezco el haberme inspirado para la creación de uno de mis personajes principales: Koyumi.