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A
Yuki le habían llovido las propuestas para hacer películas acerca de su
novela, pero él las había rechazado todas. Los productores, sintiéndose los
creadores de la magia cinematográfica, querían hacer a su manera
lo que a nuestro escritor le parecía importante:
la esencia de sus personajes como Koyumi, no lo podía hacer cualquiera.
Las
llamadas a su oficina eran constantes y llenas de interés egoísta para
conseguir los derechos de autor. Pero hubo una llamada en especial que captó su
atención, no era como las otras, parecía que este productor lo haría por amor
a su profesión. Yuki quiso platicar un poco más con él y lo citó en su
oficina, no le importaba que el productor tuviera que viajar desde California
hasta Japón, si de verdad le interesaba, la distancia no sería un obstáculo.
Como
hielo y como fuego le había parecido el productor a Yuki; su nombre era
Laurence De Valois, y su apariencia, encantadora. Inmensamente fascinante, pero
con una irremediable calidez. De ojos grises con un leve tono violeta matizando
el colorido de su mirada, hechizaban y parecían desnudarte el alma con solo
mirarlos. Sus pestañas tan negras parecían utilizar delineador, pero le hacían
juego con sus cejas y su pelo negro que reflejaba tonos azules con el
movimiento, lo llevaba recogido con un listón negro en la nuca que hacía que
mechones de cabello se le escaparan y cayeran sensualmente a un costado de su
cara. Su vestimenta
inspiraba una sensación de temor y admiración, que reflejaba un estado
de ánimo cambiante; su pantalón, zapatos, suéter de cuello de tortuga y su
gabardina muy larga eran en su totalidad negros, contrastando con una bufanda
roja que la llevaba descansando sobre sus hombros. Una criatura delgada y con
calidad de estatua clásica, que tenía el porte misterioso de los modelos y de
los hombres que han hecho de sí una escultura. Su larga gabardina azabache
flotaba extendida con elegancia majestuosa cuando entró precipitadamente a la
oficina.
Yuki
se sintió apenado. Se encontraba con los pies arriba de su escritorio leyendo
periódico resignado de que el productor no vendría, en fin, ni quería que
viniera. Un fuerte golpe azotó la puerta y vio entrar a ese ángel vestido de
luto.
-Disculpe
el retraso, el viaje demoró más de lo esperado-
Yuki
no pudo articular palabra, así que solo salió un maldito –aja- de su voz
Laurence
se sentó por voluntad propia frente a Yuki y la plática se prolongó por mas
de 2 horas. Yuki no podía apartar su mirada del productor, y parecía que a él
le pasaba lo mismo. Llegaron a la resolución de que Yuki se encargaría de
revisar el guión, por lo tanto, tendría que viajar a Hollywood, California;
por lo que Laurence se ofreció a hospedarlo en su casa y después de tanto
insistir, Yuki accedió.
Ya
empacando sus pertenencias, a Yuki le llegó el recuerdo de Shuichi, hacía 6
meses que se habían separado y no se habían vuelto a dirigir de palabra, pero
conociéndolo, sabía que no se iba a quedar así, y mucho menos por la
dedicatoria que le había escrito, así que para dejar todo en paz,él decidió
tomar la iniciativa y escribir una carta que definiera lo que sería el destino
de los dos. Se lo dio a Mika con instrucciones precisas:
-Si
viene Suichi y pregunta por mí, entrégale esta carta, no le digas donde me
encuentro-
-¿Y
a dónde te vas?-
-A
Los Ángeles. Adiós, ya llegaron por mí- dijo mientras se encaminaba a la
limosina negra donde Laurence se encontraba recargado esperándolo. Un
remordimiento atacó su mente pero se desvaneció al ver que Laurence le sonreía
tiernamente.